Forjado por el padre: Aprende lo que tu padre jamás pudo enseñarte (Spanish Edition) - Softcover

Eldredge, John

  • 4.35 out of 5 stars
    3,302 ratings by Goodreads
 
9781418599430: Forjado por el padre: Aprende lo que tu padre jamás pudo enseñarte (Spanish Edition)

Synopsis

John Eldredge enseña a los hombres que Dios quiere completar su crecimiento a través de seis etapas de masculinidad y equipa a los padres para que puedan enseñar esto mismo a sus hijos varones.

Hay un camino que conduce a la auténtica masculinidad, establecido por los hombres que lo han recorrido antes que nosotros, hijos que siguen los pasos de sus padres, generación tras generación. Hay peligros en el
camino, incluso desastres, una razón más para confiar en la dirección de un Padre que ha pasado por eso. Pero en una época en la que los verdaderos padres son escasos, ¿cómo puedes encontrar el camino correcto? ¿Cómo te mantienes alejado de los peligros?

John Eldredge exhorta a los hombres a que regresen a una verdad simple y reconfortante: Dios es nuestro Padre. En las pruebas de la vida y en los triunfos, Dios inicia a los muchachos y a los hombres en las etapas
de la masculinidad, de hijo amado a cowboy, a guerrero, a enamorado, a rey y a sabio. Forjado por el Padre traza el camino de la masculinidad, no más reglas, ni más listas de principios, ni más fórmulas, sino un camino seguro que hombres han seguido durante siglos antes que nosotros.

 

"synopsis" may belong to another edition of this title.

About the Author

John Eldredge es autor best seller, consejero y maestro. Es también presidente de Ransomed Heart, un ministerio dedicado a ayudar a las personas a descubrir el corazón de Dios, recuperar sus propios corazones en el amor de Dios, y aprender a vivir en el reino de Dios. John y su esposa, Stasi, viven cerca de Colorado Springs, Colorado.

Excerpt. © Reprinted by permission. All rights reserved.

Forjado por el Padre

A Prende Lo Que Tu Padre Jamás Pudo Enseñarte

By John Eldredge

Grupo Nelson

Copyright © 2018 Grupo Nelson
All rights reserved.
ISBN: 978-1-4185-9943-0

Contents

Introducción, ix,
1. La travesía masculina, 1,
2. Verdadero hijo de un padre verdadero, 27,
3. La niñez, 41,
4. El cowboy, 67,
5. Elguerrero, 91,
6. Elenamorado, 127,
7. Elrey, 157,
8. Elsabio, 187,
9. Obremos con intención, 209,
Epílogo, 221,
Reconocimientos, 223,


CHAPTER 1

La travesía masculina

Deténganse en los caminos y miren; pregunten por los senderos antiguos. Pregunten por el buen camino, y no se aparten de él. Así hallarán el descanso anhelado.

— Jeremías 6.16


Yo solo intentaba arreglar los aspersores.

Un trabajo de fontanería bastante sencillo. El tipo que vino a purgar nuestra instalación y limpiarla para el invierno me dijo en otoño que había una grieta en «la válvula principal», y debía cambiarla antes de que volviera a funcionar con agua el verano siguiente. Los últimos días había estado haciendo calor, alrededor de los 30 °C, inusual en Colorado en mayo —, y yo sabía que si no volvía a regar mi jardín pronto parecería el desierto de Gobi. Sinceramente, estaba ansioso por ponerme a trabajar en ello. De veras. Disfruto con casi todas las tareas de exteriores, disfruto con el sentimiento de haber triunfado sobre algún pequeño contratiempo, con restaurar el bienestar en mis dominios. Reminiscencias de Adán, supongo: gobernar y subyugar, ser fructífero, todo eso.

Desenganché la válvula metálica de la instalación al lado de la casa, fui a la tienda de artículos de fontanería para comprar una nueva. «Necesito una como ésta», le dije al tipo que había tras el mostrador. «Esto es una válvula reductora», contestó, con cierto toque condescendiente. De acuerdo, no lo sabía. Soy un aficionado. No importa, estoy listo. Válvula en mano, volví a casa para acometer el proyecto. Surgió un nuevo desafío: soldar un tubo de cobre con una pieza de cobre que llevaba el agua de la casa a los aspersores, cuya presión debía reducir con la válvula que tenía en mi haber. Parecía bastante sencillo. Incluso seguí las instrucciones que acompañaban al soplete de butano que compré (lo de seguir las instrucciones es algo que hago solo cuando un proyecto ha llegado al nivel de colisión múltiple en un circuito de carreras, pero este terreno era desconocido para mí y la válvula era cara, de modo que no quería echarlo todo a perder). Quedó claro que no podía hacerlo, no podía conseguir soldar las uniones como hacía falta para evitar pérdidas.

De repente, me puse furioso.

Ahora bien, normalmente entraba en cólera en seguida, a veces con la violencia de un adolescente, emprendiéndola a puñetazos con la pared de mi cuarto, a patadas con las puertas. Pero los años habían tenido su efecto suavizador y, por la gracia de Dios, también había notado la influencia santificadora del Espíritu, de modo que esa furia me sorprendió. Me sentía ... desproporcionado en relación con el asunto. No puedo soldar una tubería. ¿Y ...? Nunca antes lo había hecho. No era razonable tomárselo tan a pecho. Pero no era precisamente la razón quien gobernaba la situación, así que entré airado en casa en busca de alguna ayuda.

Como muchos hombres de nuestra cultura — solitarios sin un padre a mano a quien preguntar cómo se hace esto o aquello, ningún otro hombre cerca, o con demasiado orgullo como para preguntar a los que le rodean — me metí en la Internet, encontré uno de esos sitios donde explican cosas del tipo de cómo superar los problemas domésticos de cañerías, miré un pequeño video sobre cómo soldar una tubería de cobre. Me sentí ... raro. Estoy intentando hacer mi papel de hombre y arreglar mis aspersores pero no puedo y no hay otro hombre aquí que me pueda mostrar la manera. Estoy observando un video para los que tienen problemas de mecánica y me siento como si fuera un niño de diez años. Unos dibujos animados para un hombre que en realidad es un chico. Armado con la información y mi tambaleante confianza, regresé afuera, lo intenté de nuevo. Volví a fallar.

Al final del primer asalto me sentía sencillamente como un idiota. Ahora me siento como un idiota condenado al fracaso. Y estoy que echo chispas. Consejero y autor, de oficio y por intuición, casi siempre estoy observando mi vida interior con los ojos de una parte de mí que se despega. Vaya, dice esa parte de mí. Fíjate en esto. ¿Qué es lo que te pone así?

Voy a contarte qué es lo que me pone así. Hay dos razones. Primero, estoy hecho trizas porque no hay nadie cerca que me muestre cómo hacer esto. ¿Por qué tengo siempre que resolver estas cosas yo solo? Estoy seguro que si hubiera aquí alguien que supiera cómo hacerlo, habría echado un vistazo y me habría dicho lo que estoy haciendo mal, y sobre todo cómo hacerlo bien. Juntos habríamos resuelto el problema en un santiamén y mi patio estaría a salvo, y algo se sentiría mejor en mi alma.

También me siento mal porque no puedo hacerlo por mí mismo, me fastidia necesitar ayuda. Hace tiempo que decidí vivir sin necesitar ayuda, me prometí arreglar cualquier cosa por mí mismo. Es una promesa común, y terrible, que ha dejado huérfanos que se encuentran solos como muchachos y deciden que en realidad no hay nadie cerca, que los hombres son especialmente dignos de muy poca confianza, así que hágalo usted mismo. También estoy enojado con Dios pensando en por qué tiene que ser tan difícil. Ya sé, esto era mucho para un intento fallido de arreglar los aspersores, pero podría haber pasado con una docena de situaciones más. Los impuestos. Hablar con mi hijo de dieciséis años sobre las citas. Comprar un coche. Adquirir una casa. Un traslado laboral. Cualquier prueba en la que se requiere que represente el papel de hombre, pero en la que inmediatamente siento esa fastidiosa sensación de No sé cómo va a salir esto. Estoy solo en esto. No sé cómo voy a resolverlo.

Y esto también lo sé: sé que no estoy solo en mi sentimiento de soledad. La mayoría de los que conozco se ha sentido así en algún momento.

Mi relato no acaba aquí. Tenía que dejar el proyecto y volver al trabajo, con el soplete, la tubería y las herramientas en el porche a merced de la lluvia (digo a merced porque solo tenía veinticuatro horas para arreglarlo antes de que mi jardín se quedara seco). Tenía que hacer una llamada importante a las cuatro de la tarde, de modo que programé mi reloj de alarma para no olvidarme. Hice la llamada, pero no me di cuenta de que la alarma no había sonado. Eso ocurrió a las cuatro de la madrugada siguiente (no me había percatado de las letritas «a. m.» junto a los dígitos 4:00 cuando lo programé). Me fui a la cama sin ninguna decisión interna ni de otro tipo, y sonó: me desperté de un profundo sueño a las cuatro de la mañana para enfrentarme a ella, y a todas mis incertidumbres. Un golpe ruidoso, igual de repentino me golpea este pensamiento: Hazlo bien.

Este es quizás el compromiso definitorio o la fuerza motriz de mi vida adulta: estás solo en este mundo y te conviene estar atento porque no hay lugar para el error, así que Hazlo Bien. El observador distanciado que hay en mí dice: Vaya, esto es muy importante. Has dado con la veta principal. Lo que quiero decir es ¡caray! (esto ha definido tu vida entera y nunca lo has expresado en palabras). Y ahora aquí lo tienes y sabes de qué se trata ¿no? Tendido en la oscuridad de mi habitación, Stasi dormida junto a mí, el sistema de aspersores esparcido miserablemente al otro lado de mi ventana, yo sé de qué se trata todo esto. Se trata de la carencia del padre.


Hombres incompletos

Un muchacho tiene mucho que aprender en este viaje para convertirse en hombre, y se hace un hombre únicamente mediante la intervención activa de su padre y la compañía de otros hombres. No puede ser de otra manera. Para hacerse un hombre, y saber que se ha convertido en tal —, el muchacho debe tener un guía, un padre que quiere mostrarle cómo se arregla una bicicleta, cómo se lanza la caña de pescar, cómo se llama a una chica, cómo se consigue un trabajo y toda la cantidad de cosas que el muchacho encontrará en su travesía para ser un hombre. Esto hay que entenderlo: la masculinidad se confiere. El chico aprende quién es y de qué está hecho gracias a un hombre (o una compañía de ellos). No puede aprenderlo en ningún otro contexto. No puede aprenderlo de otros muchachos ni del mundo de las mujeres. Robert Bly apunta: «La forma tradicional de educar a los hijos, que ha perdurado miles de años, consiste en padres e hijos que viven en una estrecha, extremadamente estrecha, proximidad, mientras el padre enseña al hijo un oficio: puede ser el de la granja, la carpintería, la herrería o los telares».

Cuando yo era joven, mi padre me iba a llevar de pesca el sábado temprano. Pasamos allí horas juntos, en un lago o un río, intentando atrapar algún pez. Pero el pez nunca era lo principal. Lo que yo anhelaba era su presencia, su atención y que disfrutara conmigo. Deseaba que me enseñara cómo, que me mostrara por dónde. Aquí hay que tirar el sedal. Así es como se prepara el anzuelo. Si puede usted encontrar un grupo de hombres hablando sobre sus padres, podrá escuchar este profundo anhelo del corazón masculino. «Mi padre solía llevarme con él al campo». «Mi padre me enseñó a jugar a hockey, en la calle». «Yo aprendía a construir con mi padre». Sean cuales sean los detalles, cuando un hombre habla del don más preciado que su padre le entregó — si es que el padre le dio algo digno de recordar — siempre habla del traspaso de la masculinidad.

Esto es esencial, porque la vida les pondrá a prueba, hermanos. Como un barco en el mar, van a ser probados, y las tormentas revelarán los puntos débiles que tienen ustedes como hombres. Y los tienen. ¿Cómo explicar si no la furia que les invade, el miedo, la vulnerabilidad ante ciertas tentaciones? ¿Por qué no pueden casarse con la amada? Una vez casados, ¿por qué no pueden tratar con las emociones de ella? ¿Por qué no han encontrado la misión de sus vidas? ¿Por qué sus crisis económicas les colocan en cólera o depresión? Saben de qué estoy hablando. Y por eso nuestro acercamiento fundamental a la vida se reduce a esto: nos afincamos en lo que podemos controlar y nos alejamos de todo lo demás. Nos involucramos en lo que sentimos que podemos o debemos hacer, como el trabajo, y nos refrenamos de todo aquello en lo que estamos seguros de fallar, como en las aguas profundas de la relación con nuestra esposa o hijos, y en nuestra espiritualidad.

Ya ve, lo que hoy tenemos es un mundo de hombres no iniciados. Hombres parciales. Muchachos, la mayoría, que van por ahí en cuerpos de hombres, con trabajos y con familias, finanzas y responsabilidades de hombres. Nunca se llevó a cabo el traspaso de la masculinidad, ni siquiera empezó. El muchacho nunca fue conducido por el proceso de la iniciación masculina. Esa es la razón por la que muchos de nosotros somos Hombres Incompletos. Y, en consecuencia, somos incapaces de vivir verdaderamente como hombres en los desafíos de la vida. Y somos incapaces de pasar a nuestros hijos e hijas lo que ellos necesitan para ser hombres y mujeres completos y santos.

Al mismo tiempo están esos chicos y jóvenes y hombres de nuestra edad cerca de nosotros que viven en necesidad — profunda necesidad — de alguien que les muestre el camino. ¿Qué significa ser un hombre? ¿Soy yo un hombre? ¿Qué puedo hacer en tal o cual situación? Estos chicos están creciendo como hombres inseguros porque las cuestiones clave de sus almas siguen sin respuesta, o con malas respuestas. Crecen para ser hombres que actúan, pero sus acciones no tienen raíces en una genuina fuerza, sabiduría y bondad. No hay nadie cerca que les enseñe el camino.

La iniciación masculina es una travesía, un proceso, una búsqueda más bien, una historia que se desarrolla en el tiempo. Vivir una bendición o un ritual, escuchar palabras dirigidas a nosotros en una ceremonia de cierta clase, pueden ser acontecimientos muy hermosos y poderosos. Tales momentos pueden ser puntos de inflexión en nuestra vida. Pero no son más que momentos, y los momentos, como usted bien sabe, pasan rápido y se diluyen en el río del tiempo. Necesitamos algo más que un momento o un acontecimiento. Necesitamos un proceso, un viaje, una historia épica de muchas experiencias entretejidas, complementándose unas con las otras hacia una progresión. Necesitamos iniciación. Y necesitamos un Guía.


Criado en el río P latte Sur

Me trasladé a Colorado en agosto de 1991. Había muchas razones para mudarme de Los Ángeles: un trabajo, una experiencia en la escuela de posgrado, una huida de la casi interminable asfixia del asfalto, humo, centros comerciales de Los Ángeles; pero subyacía un deseo más fuerte de llegar a las montañas y a los espacios abiertos, de introducirme en la naturaleza agreste. No podría haberlo expresado así en aquel tiempo, pero mi alma ansiaba emprender el viaje masculino que se abortó en mi temprana adolescencia. Y junto a eso, quería dedicarme a la pesca con mosca.

Me trasladé a Colorado en agosto de 1991. Había muchas razones para mudarme de Los Ángeles: un trabajo, una experiencia en la escuela de posgrado, una huida de la casi interminable asfixia del asfalto, humo, centros comerciales de Los Ángeles; pero subyacía un deseo más fuerte de llegar a las montañas y a los espacios abiertos, de introducirme en la naturaleza agreste. No podría haberlo expresado así en aquel tiempo, pero mi alma ansiaba emprender el viaje masculino que se abortó en mi temprana adolescencia. Y junto a eso, quería dedicarme a la pesca con mosca.

En mi juventud, mi padre y yo pescábamos juntos, y aquellos recuerdos estaban entre los mejores que tenía de él. Me enseñó primero a pescar con lombriz como cebo, y después a lanzar la caña. Él no era pescador con mosca, pero yo sí quería serlo. Hacia los veinticinco años de edad, compré mi propia caña con carrete y comencé a intentar aprender por mi cuenta (un medio por el cual, desgraciadamente, he aprendido la mayor parte de lo que sé en la vida). A menudo nos referimos al hombre que consigue eso como hombre «hecho a sí mismo». El apelativo suele usarse con un sentido de admiración, pero en realidad debería emplearse con el mismo tono que usamos al hablar de alguien que partió antes de hora, o de alguien que acaba de perder un brazo: con tristeza y lamento. Lo que realmente significa la expresión es «hombre huérfano que descubrió cómo dirigir parte de su vida por sí mismo».

Volviendo a la pesca con mosca, cuando llegamos a Colorado supe de una parte del río Platte Sur conocida por su reputación como sueño de los pescadores con mosca. «La milla milagrosa», había pasado sus días de moda, pero seguía siendo un destino escogido por los mejores pescadores con mosca, así que allá fui. Es un precioso tramo de río que discurre por amplias haciendas entre dos represas. Las orillas son llanas y espaciosas, con tan solo algún sauce ocasional: un lugar clemente para que un novato aprenda a lanzar la caña. Pasé casi toda una mañana en el río, viendo truchas a mi alrededor pero incapaz de pescar ni una. Cada vez que miraba río arriba allí estaba ese tipo, con la caña muy arqueada, riendo y gritando de alegría mientras guardaba una nueva trucha arco iris enorme en su red. Al principio tuve envidia. Después empecé a odiarlo. Finalmente, opté por la humildad y quise observarlo un rato, intentando aprender de lo que él hacía.

Permanecí de pie a una distancia respetuosa en la orilla, sin querer parecer un entrometido en su apreciado punto de pesca, y me senté para observar. Se dio cuenta de mi presencia y, después de lanzar dos o tres veces y enganchar otro ejemplar, se volvió hacia mí y dijo: «Venga». No recuerdo su nombre, pero me contó que era guía profesional de pesca con mosca y que ese lugar era el que más le gustaba para pescar en sus días libres. Me preguntó cómo me iba.

Permanecí de pie a una distancia respetuosa en la orilla, sin querer parecer un entrometido en su apreciado punto de pesca, y me senté para observar. Se dio cuenta de mi presencia y, después de lanzar dos o tres veces y enganchar otro ejemplar, se volvió hacia mí y dijo: «Venga». No recuerdo su nombre, pero me contó que era guía profesional de pesca con mosca y que ese lugar era el que más le gustaba para pescar en sus días libres. Me preguntó cómo me iba.

— No muy bien.

— Déjeme ver sus aparejos.

Le acerqué mi caña.

— Ah ... bueno, lo primero, es que su guía no es lo bastante larga.

Antes de poder justificarme por ser un pescador tan inepto, él ya había sacado unas tijeritas y había cortado completamente mi guía. Entonces ató una nueva con tal rapidez que me quedé sin habla.

— ¿Qué tipo de moscas está usando?

— Estas — dije mansamente, sabiendo bien que no eran las adecuadas porque ya imaginaba que todo lo que hacía estaba mal.

— En esta época del año le conviene usar éstas — dijo con la clemencia de no hacer comentario sobre mis moscas, y sacó unos mosquitos de su chaleco para dármelos. Enganchó uno en mi anzuelo y después comenzó a mostrarme cómo pescar el apreciado objetivo.

— Colóquese aquí, a mi derecha.

Si un pescador con mosca es diestro, el instructor suele ponerse cerca a su izquierda de manera que al lanzar no le dé en la oreja o en la nuca.


(Continues...)
Excerpted from Forjado por el Padre by John Eldredge. Copyright © 2018 Grupo Nelson. Excerpted by permission of Grupo Nelson.
All rights reserved. No part of this excerpt may be reproduced or reprinted without permission in writing from the publisher.
Excerpts are provided by Dial-A-Book Inc. solely for the personal use of visitors to this web site.

"About this title" may belong to another edition of this title.