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Sieghels 2018 -393 pag. 25 LIBRO NUEVO La Segunda Guerra Mundial ha sido el último escenario bélico donde la tradición caballerezca prevaleció en una porción nada despreciable de los combatientes. Entre ellos, lugar de honor ocuparon guerreros como los que protagonizan este libro. En medio del escenario de la guerra moderna, el cuerpo de jinetes-voluntarios Calarachi, siguiendo su milenaria Tradición, hacía del hombre y del caballo casi un ser único. Durante cinco años, hombres y caballos se enfrentarán, con el pecho desnudo y el torso descubierto, a todo el rigor de la guerra, lanzando la última carga de caballería de la historia y no retrocediendo ni un palmo ante la fantástica avalancha de los carros de combate ?T34?. ¡Incomparables caballos! ¿Acaso no es verdad que, a gran distancia, sabían distinguir el ruido del motor de los aviones amigos y el de los enemigos? Hombres sin par, que supieron renovar las hazañas de los dacios, tan queridos de Alejandro Magno. Estos centauros del siglo XX son los escuadrones del Apocalipsis que cabalgaron hasta el Cáucaso y estuvieron a punto de perderse en Afganistán, paraíso de los caballos y de los hombres libres. El hombre que los capitaneó accede por fin a contar su epopeya, una maravillosa historia de amor entre caballos y hombres, una fantástica historia de guerra que pareciera sacada de otras épocas, un libro como ningún otro, que la excelsa pluma de Jean Marcilly resalta aun más hasta dejarlo en un puesto de privilegio entre la innumerable bibliografía bélica existente. El líder de este cuerpo, Ion Emilian, nos lleva a cabalgar con él y marca su impronta en modo indeleble, dejando en alto el honor de Rumania, un patria que a pesar de que perdió en la contienda aun más hombres que los norteamericanos, ninguna película los recuerda, como lo hacen hasta el hartazgo en el bando contrario. Sin embargo, este hombre, apasionado por un ideal, se lanzó tranquilamente a empujar con el pecho de sus caballos los tanques soviéticos, que retrocedieron hasta el Cáucaso, y llegó a ser la fuerza más avanzada, la más en vanguardia de toda la campaña de Rusia. El propio Stalin, intentando aprovecharse de su prestigio, lo condecora a título postumo con la Medalla de la Victoria, pretendiendo que murió luchando por el Ejército rojo. ¡Se engañan! Emilian, mientras tanto, caracoleaba en Dollersheim (Austria), entre numerosos elementos procedentes de la Führer Reserve, vestido con el uniforme de Haupsturmführer, ostentando en el pecho las Cruces de Hierro de primera y segunda clase, en la manga izquierda el «pasador de Crimea» con el que lo condecoró el mariscal Von Manstein en persona, y la insignia de los combates cuerpo a cuerpo. En un bolsillo de su guerrera guardaba la orden por la que se lo destinaba a la 170 División hanseática. En los hombros y en el cuello de su guerrera lucía los emblemas de su grado y las «runas» de la Waffen SS. Ante el intento de sepultar su ejemplo y acallar su lucha, Emilian contesta: "Mi guerra no se acabará hasta que yo rinda el alma a Dios. Mientras esté a caballo continuaré la lucha. El día en que mis rodillas no puedan presionar los flancos calientes de un caballo, será para mí como si el dragón hubiera derribado a San Jorge; me invadirán las tinieblas y no me quedará nada por lo que merezca la pena conservar la vida. He amado al caballo más que a mi propia existencia, porque el caballo era mi libertad y el único ser a quien poder confiársela dignamente. He aquí por qué comencé a caballo la campaña de Rusia en 1941 ? como voluntario ? y por qué la terminé a caballo en 1945. Siempre a la cabeza de mis Calarachis, esos fabulosos jinetes del Apocalipsis, duros y tiernos, soñadores y salvajes. Hombre extraños, en verdad, que llegaron en sus monturas a los confines de Asia, después de haber tomado por asalto Sebastopol, atravesado el Don y orillado el Cáucaso. Y todo esto sin dejar de combatir, a galope suelto, sobre las ásperas crines ondeando al viento, batidos.
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