Las piezas que componen Hacia Yukahú reconstruyen una geografía sincopada por el ritmo, la forma y el anacronismo de un areíto en los lenguajes del siglo XXI. Ricardo Cabrera construye poema a poema la carnadura de una tierra errante. Pasa indistintamente de las ceremonias de los behíques al desguace perpetrado por un sistema social superior a la mano ejecutoria de cualquier tirano. Y en medio de cada figura, hilos que tejen un artefacto lúdico, post estructuralista y de irónico rechazo al vacío. Hacia Yukahú se convierte entonces en el trayecto que nos dirige a una suerte de oeste en el que las palabras han perdido el significado.
En Hacia Yukahú, Ricardo Cabrera reescribe la historia desde la voz (y cuando digo voz, digo lenguaje, sangre, costumbres) de los vencidos indios, negros, dominicanis. Y esta historia paralela, llena de derrotas y escupitajos, es la historia que queremos tapar con un dedo, la historia de aquellos que pisoteados desaparecieron. Ricardo hace un ejercicio de relectura y reescritura de nuestro pasado (¿qué acaso no de nuestro presente?) a partir de piezas sueltas (personajes, sucesos) de la historia dominicana, para construir una especie de diálogo con la historia latinoamericana y universal plagada también de vencidos y vencedores, de traidores y traicionados, de sangradas victorias y derrotas. Haciendo uso de personalísimos tonos y símbolos, el poeta nos construye un espejo en el que (quizás) no queremos vernos. Hacia Yukahú es el inventario de lo perdido, de lo negado, de lo que somos.
—Luis Reynaldo Pérez
Las piezas que componen Hacia Yukahú reconstruyen una geografía sincopada por el ritmo, la forma y el anacronismo de un areíto en los lenguajes del siglo XXI. Ricardo Cabrera construye poema a poema la carnadura de una tierra errante. Pasa indistintamente de las ceremonias de los behíques al desguace perpetrado por un sistema social superior a la mano ejecutoria de cualquier tirano. Y en medio de cada figura, hilos que tejen un artefacto lúdico, post estructuralista y de irónico rechazo al vacío. Hacia Yukahú se convierte entonces en el trayecto que nos dirige a una suerte de oeste en el que las palabras han perdido el significado.
—Belié Beltrán